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Teatro de sombras



a quien dice llamarse Xiao-Li

En la planicie pulida por cristales de lluvia, la sombra chinesca me escolta, corre que te corre. El frío de esta villa voraz, para estar a tono, ha tallado un espejo negro bajo mis pies. Ahí vamos las dos, cada cual en lo suyo: yo custodio los recodos de mi tesoro gris perla y ella quiere acuñar nuevas monedas de cobre que al caer suenen como minúsculas campanas.

La sombra con forma de sapo pierde el aliento, pero la expresión de su cara redonda de marfil apenas cambia. Transformada en alfil de mi viejo ajedrez –bailan las manos oficiosas- traza su diagonal sobre el tablero escarlata y blanco (sí, porque hay sangre en la nieve de esta primavera indolente que aún no se decide a entrar).

Mi criatura sombría no para de observarme desde su curiosa ausencia de párpados. Busca el quiebre que le permita arquearse sobre mi espina. Lleva dagas escondidas en las botas.

Parece que ahora se ha convertido en Buda. Y sabe cómo me llamo, pero dice que no.


De La enfermedad del terciopelo (2009).
Foto: Carnaval de Venecia (Sensation. 6 sensi x 6 sestieri).


Villa de Niebla




Así se duerme en la villa de Niebla.

Llegan los murciélagos, las niñas de la hiedra, los pensamientos oscuros. El durmiente tiembla y se arrebuja en lanas y algodones, intranquilo. A su lado la lumbre se extingue.

Luego, en los caminos, las plantas de viniebla se doblan apenas bajo un viento sutil y helado, y entonces aparecen los sueños de placer. Se ahogan, sin embargo, en un quejido: el durmiente despierta, advierte que soñaba y vuelve a caer en letargo, no sin antes derramar un par de lágrimas.

Finalmente, con los primeros rayos del día, la víctima cae por fin en un profundo sueño. Y es entonces, justo entonces, que las malditas campanas llaman al deber.


De Villa de Niebla (2004).
Foto: Montevideo.

Eléctrica



Eléctrica, mágica, lúcida; te veo ahora como siempre fuiste: inmortal, amoral, el pelo rojo, rojo, rojo, la carcajada sarcástica. Imposible no oírla, imposible no saber de tus tacos zahirientes al largo pasillo del quinto piso.

Diabólica, célibe, mórbida. Ay, tu perfume ambarino y tus tonos plácidos. Ay, tus madejas de ágata, araña. Lo sabías todo sin dudar jamás, sin estatuas de sal, jueza impertérrita. Y al centro tus listados, tus largos plazos, tu nouvelle cuisine trabajando así, apartando graciosamente con uñas finas a todo acólito, toda hembra, todo obstáculo en el territorio marcado. Sí, tu territorio señalado, el espacio del mapa bajo la gamuza acariciante de tus pies.

Impávida, única, pálida. Te veo ahora como serás siempre: un personaje. Alguien nacido para estas páginas que te inquieren, se demuelen, te disecan y aún no entienden nada. Porque puede pasar tiempo, todo el tiempo, y nunca entenderemos qué pasó.


De Trinitaria (2001).
Foto: Praga.

Especies


El humo del corazón quemado,
el vapor de la sangre,
se elevan al gran dios satelital.
--

De Los cien ojos de la cola del pavo real de Hera (2009)
Foto: Montevideo.

Subordinación

. .
El hombre flagela al hombre
que azota al perro que acosa al gato
que devora con fruición
las alas de una polilla viva.
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De Los cien ojos de la cola del pavo real de Hera (2009).
Foto: Torcello, Italia.

Quien ¿quién?

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Quien viste piel de toro,
colmillos en los lóbulos,
quien se pinta los labios
con tu sangre,
quien (¿quién?)
no tiene nombre
no sabe que se pinta
los labios con tu sangre,
o tal vez sí.
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De Los cien ojos de la cola del pavo real de Hera (2009).
Foto: Carnaval de Venecia. (Sensation. 6 sensi x 6 sestieri).

Bufo vulgaris

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El sapo,
¿mira a Oriente o a Occidente?
No se sabe,
pero que mira, mira.
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De Los cien ojos de la cola del pavo real de Hera (2009).
Foto: Bratislava.

Placeres modernos


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Vigilancia electrónica.
Vivisección teledirigida.
Linchamiento en la empresa.
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De Los cien ojos de la cola del pavo real de Hera (2009).
Foto: Venecia.

La tetera de Russell

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«Si yo fuera a sugerir que entre la Tierra y Marte hay una tetera china orbitando en elipse alrededor del Sol (…) se pensaría con justicia que estoy diciendo algo absurdo. Pero si la existencia de semejante tetera fuera afirmada en antiguos libros, enseñada como verdad sacra cada domingo e instilada en las mentes de los niños en la escuela, cualquier duda sobre su existencia se convertiría en una marca de excentricidad
».

Bertrand Russell.

Entre la Tierra y Marte, silenciosamente, orbita una tetera de porcelana china. La adornan dos o tres flores de un rosa pálido, una de ellas levemente astillada. En su elipse, la tetera pasa sobre tormentas de polvo que cubren y descubren los pedregales marcianos, propiciando bruscos cambios de color que intrigan a distancia a los observadores. Pasa sobre el Monte Olimpo, el volcán escudo más grande del Sistema Solar, que sólo se ve desde el espacio o desde otro planeta (las cosas de semejante magnitud no se aprecian si se tienen cerca, y si uno es parte de ellas, ni siquiera puede imaginarlas).

Creo fervientemente en esa tetera celestial, le rezo y le suplico que me saque de esta coyuntura. O al menos, si nada funciona, que me sirva un buen té.


De La enfermedad del terciopelo (2009).
Foto: Ottawa.

Trinitaria

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Carta-prólogo de la Libreta de la biblioteca
(apuntes sobre los confines)


Prometí no contarte nada y lo estoy cumpliendo. Es sólo que a veces se hace difícil, sobre todo cuando hay tantas novedades en el tintero. Para empezar, está lleno de tinta roja. Creo que es sangre, pero no podría asegurarlo. Junto al tintero, el puñal de bronce de papá luce tan severo como siempre. Nadie lo usó para derramar la sangre que inunda el tintero. Sólo son locuras mías, sólo desvaríos.

Gracias por preocuparte por mí. En retribución por tu amabilidad, te envío algunos apuntes que encontré en la biblioteca. Ella misma los escribió. ¿O fui yo? De todas formas, espero que te gusten.
Adiós, querida Aetheria.
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(Cuando baja el sol, ella viene al escritorio... Cree que nadie la ve, y entonces moja su pluma en el tintero... Escribe mentiras que luego se borran, pero cuando las escribe sabe que alguien está temblando de dolor, y eso es suficiente... Después mira hacia los jardines... Vigila el del norte cubriéndose con los encajes de la cortina y el del sur, parapetándose tras la estantería grande de roble... A veces las moscas de la cortina le llenan los ojos, la nariz, los oídos, la boca, pero ella insiste en mirar... Hubo muertos entre esos encajes y ella lo sabe, pero no se aparta... En cuanto a la estantería, ella también sabe que es sólo un portal... Detrás están los túneles, y lo que hay en ellos es lo único de este mundo que tal vez podría asustarla... Por eso jamás desplazará la estantería, jamás pronunciará las claves, jamás permitirá que una mano blanca la guíe por los pasadizos... Tan solo se esconderá prudentemente para otear hacia el jardín del sur, justo cuando baje el sol, luego de componer sus salmos... La veré y no diré nada: no somos de la misma especie).

De Trinitaria (2001).
Foto: Buenos Aires.